Necesito tiempo.
Y que se parase, tampoco vendría mal. Para no seguir perdiéndome. Para no favorecer al descuido. Al desarraigo. A la apatía, y sus fieles seguidores, días perdidos...
Tiempo, para acariciar nubes, sonrojarme ante la dulzura, saborear lo que más capta mi atención; lo diminuto ante ciertos ojos. Tiempo, para respirar el viento y volar juntos, para descuidarme y tropezarme, reírme del descuido, y del tropiezo, del mío, del suyo, riámonos.
Tiempo para entregarlo a quienes creo que lo necesitan sin esperar nada a cambio, para sonreír ante el desconcierto y empaparme en charcos de agua sucia con mis botas nuevas, y qué más da.
Saber que puedo tocar cimas mucho más altas que la mismísima torre del oro, la satisfacción (al ser consciente) de encontrarse en el buen camino, para uno mismo y para nadie más, el de mis objetivos.
Objetivos postergados, nunca olvidados.
Tal vez, sólo necesito un alto, para darme cuenta de que es ésto, y que es él, donde tengo que seguir caminando y no ningún otro.
Y si una oscurecida nube asaltase en mi camino queriendo sorprenderme, optar por deslumbrar con una sonrisa y ganas, muchas. Casi obligarla a dejarse filtrar por los calurosos rayos de sol, y mientras tanto, yo, continúo.
Tiempo, valioso y ambicioso. Descuidado y burlón. No se sienta ofendido, ni enfadado. No quiero otorgarnos etiquetas tales como enemigos o amigos, no obstante, deseo saber cuidarte y aprovecharte tanto que llegue a olvidar como empecé.
En que momento me desorienté y en que momento dejé de ver que me había perdido.
Tengo tiempo, en este presente, tengo líneas gritándome sus deseos de salir de esta cabecita con aforo completo, de miedos e inseguridades, de pensamientos no tratados lo suficiente, y otros tantos desgastados.
Es tiempo quien nos presiona, nos aprieta y hasta obliga a decidir.
O quien aflora sentimientos que creímos olvidados.
Qué hacemos. Nos quedamos. Nos largamos. Lloramos. Tímidamente sonreímos porque sí. ¿O seguimos pensando?
Pensando que tal vez, mañana deje en pasado eso de ser enemiga de mí misma y consiga hacer las paces con quien voy a convivir hasta el último resquicio de segundo en el que me quede aliento.
Yo. Yo misma.
